El cliente buscaba un patio interior que extendiera la sala de estar al aire libre todo el año. La parcela tenía un olivo centenario heredado y un muro medianero al que había que dar protagonismo en lugar de ocultar.
El diseño se organiza en tres planos: una zona pavimentada con piedra caliza local junto a la casa, una pradera florida en el centro y, contra el muro, un jardín de sombra con helechos arborescentes y musgos. El riego, automatizado por sectores, se programa con sensor de humedad.
La paleta botánica privilegia plantas que evolucionan visiblemente con las estaciones: lavandín en verano, perovskia en otoño, helleborus en pleno invierno. La pradera incluye Sesleria autumnalis, Stipa tenuissima, Salvia nemorosa, Echinacea purpurea.
La iluminación trabaja por puntos bajos: focos a ras de suelo dirigidos a los troncos del olivo y a las hojas mayores. Sin un solo punto de luz cenital — el cielo nocturno de Madrid forma parte del jardín.
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